En los últimos doscientos años, las enseñanzas de San Luis María Grignion de Montfort a través del “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” se han convertido en un signo común y testimonio elocuente de los sumos pontífices. Implícitamente esta pequeña y sencilla obra, rica en doctrina, ha influenciado en los escritos y documentos de los Santos Padres, quienes han expresado su gratitud al santo alentando a la Iglesia a profundizar su espiritualidad mariana.

Beato Pío IX

1846-1878

Reconoció la autenticidad y pureza doctrinal del “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”, en un decreto de 12 de mayo de 1853, un año antes de promulgar el dogma de la Inmaculada Concepción.

 
 

El Papa León XIII

1878-1903

Conocido como el “Papa del Rosario”, beatificó al venerable Luis María Grignion de Montfort en 1888 y, profundamente influenciado por el Tratado, decretó una indulgencia plenaria para aquellos que practicaran la consagración mariana de Montfort. Es de resaltar que su profundo amor mariano llevó al pontífice a escribir un total de once cartas encíclicas[1] para difundir el Santo Rosario y esta preeminente obra de devoción mariana.

Después de la beatificación, la doctrina de san Luis María se convirtió en objeto de estudio e inspiración para la Iglesia y, sobre todo, para las numerosas congregaciones misioneras que nacieron entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

 

[1] Supremi apostolatus officio, sobre la devoción al Santo Rosario (1 de septiembre de 1883). Superiore anno, sobre el rezo del Santo Rosario (30 de    agosto de 1884). Vi è ben noto, sobre la implantación del Santo Rosario en la vida cotidiana (20 de septiembre de 1887). Octobrimense, sobre la devoción al Santo Rosario, especialmente en el mes de octubre (22 de septiembre de 1891). Magnae Dei Matris, sobre la devoción al Santo Rosario (8 de septiembre de 1892). Laetitiae sanctae, encomendando la devoción al Santo Rosario (8 de septiembre de 1893). Iucunda semper expectatione, sobre el rezo del Santo Rosario (8 de septiembre de 1894). Adiutricem, sobre la devoción a la Virgen María (5 de septiembre de 1895). Fidentem pium que animum, sobre el rezo del Santo Rosario (20 de septiembre de 1896). Augustissimae Virginis Mariae, sobre la devoción a la Virgen María (12 de septiembre de 1897).  Diuturni temporis, sobre el rezo del Santo Rosario (5 de septiembre de 1898).

 

San Pío X

1903-1914

Adoptó gran parte del  lenguaje mariano de Montfort en su encíclica sobre la Inmaculada Concepción, “Ad diem illum laetissimum”, explicando cómo a través de María alcanzamos el conocimiento de Cristo, y cómo es siempre por medio de ella que obtenemos la vida, de la cual Cristo es fuente y origen. Así animó apasionadamente a los fieles a seguir el camino de la devoción mariana porque él mismo había experimentado su poder.  De hecho, garantizó una bendición apostólica a todo el que leyera el Tratado y concedió una indulgencia plenaria in perpetuum (a perpetuidad) a cualquier persona que rezase la fórmula monfortiana de consagración.

 

El venerable Pío XII

1939-1958

Canonizó al entonces beato Luis María Grignion de Montfort el 20 de julio de 1947. Alabando al nuevo santo, el papa dijo: “El gran secreto [de Montfort] para atraer y ofrecer almas a Jesús era su devoción a María, Montfort nos conduce a María, y desde María a Jesús. Toda su actividad se basaba en ella, toda su confianza se depositaba en ella. En oposición a la austeridad sin alegría, al miedo melancólico y al orgullo depresivo del jansenismo, promovió el amor filial, confiado, ardiente y expansivo de un sirviente de María”.

En el espíritu de la "consagración total" de Montfort, y en respuesta a Nuestra Señora de Fátima, Pío XII escribió una carta apostólica[1] sobre la consagración de todo el mundo y, en particular, de todos los pueblos de Rusia, al Inmaculado Corazón de la Virgen Madre de Dios.

[1] Sacro vergente anno. Consacrazione della Russia al Cuore Immacolato di Maria (7 luglio 1952).

 

San Juan XXIII

1958 - 1963

 El “Papa bueno”para quien, después de la Santa Misa, nada fue más importante que el Rosario. Cada día lo recitaba entero y meditando cada misterio. Dijo: “Soy entusiasta de esta devoción, sobre todo cuando es entendida y bien aprendida. El verdadero Rosario es el llamado Rosario meditado. ¡Cuánta dulzura y cuánta fuerza hay en esta oración!”. Impulsar el rezo del Rosario siempre fue su propósito y por eso, durante su pontificado, escribió una encíclica[1] y dos cartas apostólicas[2] sobre el rezo del Santo Rosario. Escogió la fiesta de María Madre de Dios, el 11 de octubre de 1962,[3] para inaugurar el Concilio Vaticano II.

 

[1] Grata Recordatio, septiembre de 1959. San Juan XXIII invita a rezar el Rosario para pedir por la paz y las misiones, así como por el desarrollo del Concilio Vaticano II.

[2]L’ottobre che ci sta innanzi”,  1960 . Carta del santo Padre Juan XXIII en la que invita también a rezar esta oración.

[3] Anteriormente se celebraba la fiesta en esta fecha. La iglesia la ha vuelto a fijar el 1 de enero con el título de “María, Madre de Dios”.

 

San Pablo VI

1963 -1978

Fue un gran devoto de la Virgen, por lo que participó en diversos congresos marianos y reuniones mariológicas, visitó numerosos santuarios de Nuestra Señora y publicó tres encíclicas marianas[1]. Además, en el Concilio Vaticano II, expresó el lugar privilegiado que ocupa la Santísima Virgen, nombrándola en la clausura María Santísima Madre de la Iglesia.

Afirmó que la maternidad divina de María es el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación. Dicha maternidad constituye también el fundamento principal de la relación de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquélque desde el primer instante de la Encarnación en su seno virginal se constituyó en cabeza de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de los fieles y de todos los pastores; es decir, de la Iglesia.[2]

 

[1] Encíclica Ecclesiam suam, 6 de agosto de 1964.  Señala “la devoción a la Madre de Dios como de suma importancia en la vida viviente del Evangelio”.

[2] Ref.  Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 31, 32.

 

San Juan Pablo II

1978 - 2005

Tenía un amor ilimitado por la Santísima Virgen, como testifica él mismo: “Estaba ya convencido de que María nos lleva a Cristo, pero en aquel período empecé a entender que también Cristo nos lleva a su Madre. Hubo un momento en el cual me cuestioné de alguna manera mi culto a María, considerando que éste, si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo. Me ayudó entonces el libro de San Luis María Grignion de Montfort titulado "Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen''. En él encontré la respuesta a mis dudas. Efectivamente, María nos acerca a Cristo, con tal de que se viva su misterio en Cristo… el autor es un teólogo notable. Su pensamiento mariológico está basado en el Misterio Trinitario y en la verdad de la Encarnación del Verbo de Dios... de ese modo, gracias a San Luis, empecé a descubrir todas las riquezas de la devoción mariana”.[1]

Esta vida mariana hizo que desde el inicio de su pontificado rezara el Rosario cada primer sábado del mes junto con los fieles en el Vaticano. Además, con su creatividad inagotable, enriqueció el Rosario con los misterios de luz. Ya casi al final de su vida, celebró el Año del Rosario, en el cual se obtuvieron muchos frutos de devoción y de renovación espiritual. Se recuerda también cómo en cada uno de sus viajes y peregrinaciones programaba una visita a los santuarios marianos más importantes. Quiso que en el palacio apostólico se mostrara una imagen de la Virgen, sobre la plaza de San Pedro. Nunca dejó pasar una ocasión sin hablar de María, por lo que le dedicó la encíclica "Redemptoris Mater”.

Como es sabido de todos, el lema que escogió antes de su ordenación episcopal fue Totus tuus. El futuro Papa tomó estas palabras de la oración de nuestro gran santo mariano, Luis María Grignion de Montfort, quien a su vez lo tomó de San Buenaventura (o del pseudo). Pues bien, el Papa no solo rezaba cada día aquella oración, sino que es­cribía un pasaje de ella sobre cada página de los textos autógrafos de sus homilías, de sus discursos, de sus encíclicas, en la parte superior derecha de la hoja. En la primera página ponía el inicio de la oración:

Totus tuus ego sum,
“Yo soy todo tuyo, María”;

en la segunda, Et omnia mea tua sunt,
“Y todas mis cosas son tuyas”;

en la tercera, Accipio Te in mea omnia,
“Te acojo en todas mis cosas”;

en la cuarta, Praebe mihi cor tuum,
“Dame tu corazón”.

Y así proseguía en cada página, repitiendo, si era necesario, cada invocación hasta el fin del texto. En los archivos de la Secretaría de Estado se encuentran miles de estas páginas, donde Juan Pablo II manifestó de modo tan íntimo y conmovedor su amor a la Santísima Virgen. Este amor ilimitado a María nacía del amor que sentía por Cristo.

Como podemos ver en el ejemplo de los santos padres, la espiritualidad mariana de San Luis María Grignion de Montfort ha incrementado su vigor con los años y sigue siendo para nosotros un camino a seguir para alcanzar una unión más profunda con Cristo.

[1] Juan Pablo II, Don y misterio: En el quincuagésimo aniversario de mi sacerdocio, BAC, Madrid 1996.